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Casandra es inocente

La primera vez que conviví con un español fue en Kovoso, donde yo trabajaba como una especie de guía de periodistas y Javier era un policía. ¿Y qué hacía un policía español en Kosovo? Pues exactamente lo mismo que yo, se ganaba la vida, y debía estar algo desesperado para trabajar allí y compartir el piso con alguien como yo.

En aquel momento no podía imaginar que alguna vez yo sería un emigrante en su país, un lugar del que sólo conocía una serie de tópicos como el de las mujeres guapas, vino barato y hablar rápido.

Por eso cuando aquel policía se me presentó como Javier, pero en su documento ponía Xavier, pensé que tal vez estaba de cachondeo o que era su nombre artístico. Después he conocido varios casos en los que sucede justo al revés. Recuerdo que entonces me intentó explicar toda la historia sobre Cataluña y España, pero yo pasé bastante, tenía suficiente líos estando en el lugar donde estaba.

Xavier era simpático y estaba enamorado de una chica a la que tengo que agradecer mis primeras palabras en castellano. Estas fueron “cariño” y “un beso”. El “te quiero” ya lo conocía gracias a los culebrones que veía mi madre.

De hecho, creo que mi madre habla español de algún modo subconsciente, porque lo que pasa en todas las ex repúblicas yugoslavas con este tipo de programas es increíble. Todo el mundo, en su mayoría mujeres y hombres que actúan como espectadores reprimidos –mi padre, por ejemplo-, se vuelven locos por personajes que pertenecen a estas series.

Cuesta creer la cantidad de niños que en los Balcanes se llaman Casandra, Rosalinda, etc. La historia más fuerte tuvo lugar en un pequeño pueblo del sureste de Serbia. Allí, una asociación de ciudadanos redactó una petición para enviársela al embajador de Venezuela. Le pedían que actuase para impedir que Casandra fuese a la cárcel, porque era injusto que fuese condenada por un crimen que no había cometido. Los espectadores se ofrecían como testigos porque lo habían visto todo. A pesar de lo descabellado de la historia, hay que tener en cuenta que estaba ocurriendo en plena era Milosevic, cuando había poca distancia entre la realidad y la ficción.

Esa misma poca distancia era la que vivíamos en Kosovo Xavier con J y yo. Él entendía que para mí aquel lugar no era nada seguro siendo hijo de un serbio y de una croata. Así que pronto comprendió que para los demás yo era cualquier cosa excepto serbio y, por primera vez en mi vida, me sentí bien con la idea de vivir con un poli. Aunque el único poder de Xavi en Kosovo era su pistola, se le veía emocionado y orgulloso de estar cumpliendo una misión que, según él, estaba inspirada por unos ideales supremos.

Después de aquellos días, sólo le he visto una vez más. Entonces yo estaba trabajando con una periodista francesa y conducía un coche nuevo, bueno y alquilado. Cuando me bajé del vehículo, lo vi y entonces él me preguntó: “¿Lo has robado?"

"Sí, pero no se lo digas a nadie", le respondí. Añadí que si no le importaba pasaría por la cárcel algo más tarde si no escontraba nada más barato para dormir. Se rio y me deseó suerte.”

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