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El referéndum de Boris



Ya me pasa con demasiada frecuencia para que pudiera considerarlo casualidad, pero tampoco se me ha ido la olla tanto para creer que es causalidad…
Me refiero a que por tercera vez en mi vida me toca vivir un proceso independentista-separatista (vaya, siempre hay dos lados y cada uno lo llama como le convenga) y que en este proceso no tenga ni voz ni voto, a pesar de llevar muchos años viviendo en el lugar.
La primera, algo complicada para resumir, fue la independencia de Croacia, que a mí me pillo en Krajina, donde la mayoría serbia no estaba de acuerdo con la idea y se lió, la que se lió. Yo por el medio y mi familia cada uno a un lado. Allí, yo era menor de edad y a pesar de ser considerado apto para el servicio militar y la "defensa de los intereses nacionales", no tenía el derecho de votar.
La segunda, como refugiado en Serbia, viví el proceso de separación de Kosovo. Siendo apatrida no podía votar así que decidí cobrar y durante un par de años me ganaba la vida llevando los periodistas internacionales por las maravillosas miserias de las ruinas nacionalistas.
Y ahora me toca la tercera. Este domingo hay elecciones en Catalunya. Mis vecinos saldrán a echar la papeleta por los arquetipos, la imagen y las ideas con las que más se identifican.
Yo probablemente estaré en casa viendo a Cesar Millán (El encantador de perros, para los que no conocen este chamán canino), pensaré en los ensayos de Pavlov y me haré un referéndum a mí mismo con dos preguntas “sencillas”, pero familiares: 
a)  un país nuevo.   
b)  un país de nuevo.

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