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El día después

El contrato que el hombre tenía con la Tierra ha vencido y ahora el sol se podía dedicar a quemar sus huesos hasta convertirlos de nuevo en el petróleo. Y esperar. Hasta que nazca el hombre nuevo y descubra el petróleo...
- ¿Qué era lo que tenía que olvidar? – se preguntaba el lobo mientras salía del camino que se alejaba de sus pasos. Lleva una eternidad corriendo más rápido que el tiempo que tarda uno en darse cuenta del cansancio que lo absorba. Y, ya no sabe si le están persiguiendo o si es él el perseguidor. Su soledad no es el fruto de su naturaleza lupina, sino del progreso humano.
El hombre cumplió su destino y desapareció de la Tierra. El lobo tuvo la mala suerte de olvidarse de su destino y morir cuando los demás. "Es lo que tiene el correr sólo", decía el búho observando sus pasos sin huellas.
Al salir de lo que antes era el bosque encontró lo que antaño era el río. Sentado en la orilla y con el rostro apoyado entre las manos, el río intentaba conseguir el sonido del agua cuando se desliza sobre las piedras, pero no lo conseguía. El aire sordo salía de su boca seca. "¿Dime viajero, has visto el agua por donde vienes?" preguntó el río subiendo la mirada hacía el lobo y sin esperar la respuesta añadió: "Me muero de sed. Hace meses que no veo ni una sola gota. Ni siquiera me queda para llorar una lagrima por los campos que nunca veré".
"Lo siento", contestó el lobo. "Yo esperaba que tu me dieras un sorbo. Llevo corriendo una eternidad y no he visto nada más que el sol y sus huellas secas. Vaya con Dios", saludó al despedirse.
"Que triste", pensaba mientras se alejaba: "Un río sin agua, es como la muerte sin vida"
"Que triste", pensaba el río viéndole alejarse: "Un lobo sin nadie que supiera de su soledad".

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