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Las cigüeñas y los números

Hace unos días escuché hablar a un politólogo ghanés que decía que para él la inmigración es una cosa tan natural como por ejemplo observar las migraciones de los pájaros u otras especies de la naturaleza. Intentar mejorar las condiciones de vida no es un capricho, sino un deber vital. Es una deuda con la vida.

En El País del 5 de abril se registraban lo siguientes datos:
“El mundo cuenta con 191 millones de inmigrantes, frente a los 175 millones de hace cinco años, según datos divulgados por un informe de la Comisión sobre Población y Desarrollo de la ONU reunida en Nueva York.
Sin embargo, el ritmo de crecimiento de la población que emigra a otros países se ha desacelerado: Entre 1975 y 1990 creció en 41 millones, mientras que entre 1990 y 2005 el número de inmigrantes en el mundo se incrementó sólo en 36 millones, a pesar de que la población mundial es mucho mayor.
La razón del descenso, según ha indicado Hani Zlotink, directora de la División de Población de la ONU, es que durante ese periodo 20 millones de refugiados regresaron a sus países de origen. Los países industrializados son los que reciben la mayoría de los emigrantes, y han pasado de acoger al 53% de la población inmigrante en 1990 a recibir al 61% actualmente. Hoy, uno de cada tres inmigrantes vive en Europa y uno de cada cuatro en América del Norte.
El informe también refleja el aumento de la población inmigrante en países en desarrollo, donde alcanza los 75 millones de personas, de los cuales 51 se encuentran en países asiáticos, 17 en África y 7 en Latinoamérica y el Caribe.
Teniendo en cuenta los bajos niveles de natalidad en los países ricos, los inmigrantes son la mayor fuente de crecimiento de población. Actualmente representan dos terceras partes del incremento demográfico y, si la tendencia continúa, entre el 2010 y el 2030 serán responsables prácticamente del crecimiento en las naciones industrializadas”.

Los cuentos dicen que son las cigüeñas las que traen los niños. Los datos demuestran que son los inmigrantes. Quizá seamos algo mayores para creer en los cuentos pero parece no somos tan adultos como para entender qué nos cuentan los números.

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