Eduardo nunca creía que la imaginación tenía algo que ver con la vida. De hecho, consideraba de cobardes todos los artistas, y los únicos libros que había leído en toda su vida eran los libros técnicos. “Los prácticos”, como los solía llamar. Para Eduardo todo era blanco o negro, y gracias a su trabajo no tenía que dudar de ello. Era el máximo (y único) accionista, y el único empleado del negocio familiar “Tintorería Eduardo”. Antiguamente la tienda se llamaba “Tintorería Eduardo”, por su padre Eduardo, pero al morir “el Viejo”, Eduardo decidió, ponerle el sello propio al negocio. Lo primero que hizo era cambiarle el nombre en: “Tintorería Eduardo”. “Empieza mi era”, decía orgulloso de si, en silencio. Tampoco hubiera cambiado algo si lo hubiera gritado a todo pulmón, ya que, salvo los clientes y los proveedores, no tenía con quien a hablar. Pintó las paredes blancas en blanco, cambió las cortinas blancas por unas blancas, y puso sobre el mostrador blanco el letrero que decía “Adiós a ...